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Otro sueño, pero ya muy viejo.

Anoche mientras veía las noticias, me enteré que hoy se harían los exámenes de admisión en las preparatorias del estado y eso me hizo recordar los días en que yo me preparaba para presentar el mío, hace 14 años si es que recuerdo bien.

Nunca olvidaré que el exámen lo hice un día 6 de junio, porque además de llegar tarde como 40 minutos y conocer a un maestro de los llamados “barcos” (al que llegué a encontrarme incluso en la universidad), la noche anterior tuve un sueño que en ése entonces me asustó un poco y sigo sin saber porqué.

Yo me considero ateo, pero con la mente abierta para aceptar la idea de que hay un dios -siempre que se demuestre con pruebas irrefutables su existencia ó, que “él” mismo se aparezca por aquí-.

El caso es que esa noche soñé con una forma muy bizarra de un Cristo, en mi sueño dominado por un extraño color ocre, me encontraba en lo que parecía ser una feria de pueblo, de esas que traen solo las atracciones más clásicas como los caballitos, la rueda de la fortuna, la carpa de comediantes, el teatro de marionetas, etc. Mientras yo observaba fascinado la feria (porque ya era muy raro ver una así), no advertí que la gente corría en sentido contrario de como yo iba, en verdad que estaba disfrutando de la feria.
Extasiado como me encontraba, de repente sentí que el suelo temblaba pero no sabía porqué, pero ahí me dí cuenta de que la gente se retiraba muy aprisa del lugar; entonces, de atrás de un cerro ví que aparecía un payaso gigante, fácilmente pasaba de los 15 metros.
Éste payaso se acercó dando maromas y vueltas de carro hasta llegar al centro de la feria, ahí se detuvo y sólo él y yo nos encontrábamos ahí. Por un buen rato se mantuvo quieto, sin hacer ruído y sin parpadear, yo, lejos de estar asustado como la gente que se fué, estaba extrañado preguntándome que hacía un méndigo payasote enfrente de mí.
Así estuvimos un rato hasta que algo ocurrió, al payaso le empezó a salir luz de los ojos y los oídos, también de la boca, pero esta la abrió de forma que todo el rostro le llegó hasta la espalda para que de ella emergiera el rostro de un Cristo al que también le salía luz por las mismas cavidades.
No sé porqué ahí me asusté, pero alcancé a escuchar que “éso” me decía que no me preocupara, me iba a decir más pero ahí me desperté.

Este sueño no volví a tenerlo desde ese entonces, pero es uno de los que más recuerdo.

Un sueño

Decidí crear este apartado en el blog porque esta madrugada tuve un sueño que me sacó mucho de onda y me evitó dormir el tiempo al que estoy acostumbrado.

Soñé que estaba caminando con mi buen amigo Héctor por la Ave. V. Carranza, lugar por el que ocasionalmente pasábamos cuando salíamos de la prepa. Se suponía que yo tenía que comprar algunas cosas en una ferretería que realmente no existe, pero que en el sueño se encontraba donde ahora hay un OXXO, cerca de donde vivía antes.

El caso es que íbamos caminando por toda la avenida, cruzando calles, esquivando autos, cotorreando como acostumbrábamos, pero al llegar al cruce del ferrocarril, a dos calles de la “ferretería”, teníamos que pasar por un callejón contiguo a las vías donde se encontraba un indigente. Éste sujeto nos pidió dinero para alguna cosa -que ahora no recuerdo, posiblemente comida-, a lo cual yo me negué porque soy muy desconfiado y suponía un posible asalto pero, Héctor nunca fué así -a primera vista siempre confiaba en la gente-, por lo que dijo que le ayudáramos.

Metí la mano al bolsillo derecho de mi pantalón para sacar unas monedas, bajé la cabeza y, al volverme para dárselas al indigente, éste ya no estaba con nosotros; volteé hacia Héctor y lo ví con gestos de dolor y miedo entremezclados, sujetaba con fuerza su cabeza y me decía que lo ayudara, que no dejara que se lo llevaran. Me acerqué a él tratando de ayudarlo, poniéndome entre él y la nada, no había nada más que las interminables vías del tren, una planta de GAMESA al fondo a la izquierda y las oficinas y bodegas del OXXO a la derecha; ahí caí en cuenta de que había algo raro, algo mal; acababa de platicar con él por más de 15 calles ó 30 minutos -como quiera verse-; y ninguno de los dos recordábamos que él había fallecido hacía casi un año.
En ese momento yo lo recordé pero al parecer él no, pues seguía pidiéndome ayuda, lo imploraba; yo, sólo me llené de angustia porque aunque lo abrazara con fuerza sabía que no podía hacer nada, así como el “Buen” Rodrigo y yo no pudimos hacer nada por él cuando falleció, ni siquiera lo vimos antes de morir porque nos enteramos días después de que lo sepultaron.

El próximo 10 de abril se cumplirá un año de que se fue y aún duele que se haya ido, a pesar de que ya había pasado mucho tiempo desde la última vez que él, Rodrigo y yo nos juntáramos para platicar sobre lo ha sido de nosotros desde que terminamos nuestros estudios.